NAYELI WILD
Atravesando el espacio. Atravesando el cielo y las estrellas. (Walt Whitman)
El golpe sonó muy cerca de mi cabeza. Aturdido aún por el sueño intenté encontrar en aquella profunda oscuridad el interruptor de la luz. Maldije entre dientes: por un eterno segundo olvidé donde me encontraba. El traqueteo del tren se encargó de recordármelo.
Las manecillas fosforescentes de mi reloj marcaban la dos y media de la madrugada. Un fuerte portazo y unas risas mal apagadas dieron paso a un profundo silencio, roto únicamente por el hipnótico golpeteo del pesado acero sobre las vias.
Pemanecí tumbado en la oscuridad de mi litera tratando de conciliar de nuevo el sueño observando las extrañas sombras que se dibujaban en el techo. Llovía con fuerza y un rayo cercano iluminó débilmente el compartimento. Cerré los ojos y me dejé mecer por aquel gigante metálico.
De repente me parecío oir unos casi imperceptibles golpes en la puerta de mi compartimento. Afiné el oído, extrañado de que aquello pudiera estar realmente sucediendo. Efectivamente, dos golpes significativamente más decididos sonaron en la puerta. La abrí unos centímetros y pude contemplar a una chica de unos veinte años empapada de pies a cabeza que me observaba con una mirada repleta de ansiedad.
-Necesito su ayuda -me susurró
Con recatada timidez me quedé oculto tras la puerta asomando por ella sólo mi despeinada cabeza. Por suerte, aquella había sido una noche fría y llevaba puesto un pijama relativamente presentable, aún así, mi aspecto debía ser decididamente patibulario.
-Lamento mucho haberlo despertado -me susurró
-¿Qué ocurre? -le pregunté extrañado mientras trataba de adecentar un poco mi pelo. -Sé que le parecerá extraño -me dijo agitada, -pero es que necesito llegar a la frontera y no dispongo de billete para ello.
-¿Es que la están persiguiendo? -le pregunté
- No... es decir sí... pero no es lo que usted piensa - dijo girando un poco la cabeza
-Está bien tranquila. Por que no entra y me lo explica todo desde el principio.
-Gracias. -Suspiró
-¿Es usted extranjera verdad? -le pregunté, mientras trataba de encontrar una toalla en mi vieja maleta.
- Se podría decir que sí -dijo enigmáticamente, mientras se sentaba tímidamente en el borde de la litera.
-¿Se podría decir que sí? -le pregunté extrañado.
-Es una larga historia. -dijo apretando con fuerza su enorme bolso -un asunto muy delicado: sólo su gobierno está al corriente.
- ¡No será usted una espía! -bromeé
-No, no lo soy. -me miró muy seria -escuche, si se lo explico sin duda va a pensar usted que estoy loca.
-Bueno, inténtelo -le animé
-Está bién. No soy de este planeta. -soltó, y me miró fijamente a los ojos.
- ¿Cómo? -la míré frunciendo el ceño creyendo no haber oído bien.
-No soy de este planeta. -repitió
-Tiene usted razón, creo que está loca. -le dije, convencido
-Mire esto. -Buscó en el interior de su gigantesco bolso y me acercó unos papeles. Los leí con atención.
-¿Pero que diablos...? -estaba estupefacto.
-Ya ve que no miento. Pude hacerme con estas copias oficiales.
¿Acaso estaba soñando?. Una mujer de exquisito vocabulario y de excelente
aspecto se había colado en mi compartimento a altas horas de la madrugada, ¡tratando de covencerme de que venía de otro maldito planeta!
-Un momento, un momento... ¿me está usted sugiriendo...¡no!. ¡afirmando! ¿que procede de otro planeta?
-Por favor no alce la voz. Siéntese a mi lado, trataré de explicárselo. -me susurró
Así pues, completamente atónito, me senté a su lado dispuesto a digerir toda aquella desconcertante historia.
-Hace muchos años nosotros vivíamos en unas condiciones muy parecidas a las de ustedes, ésto nos sorprendió muchísimo al llegar aquí. Su sociedad, su cultura, su tecnología, es idéntica a la nuestra, pero de siglos pasados. En resumen: viven ustedes como nosotros vivíamos hace unos... doscientos años.
En mi cara empezaba a dibujarse un extraño rictus de estupidez llevada al límite,
pero ella continuó impasible, con su alucinante relato.
-A nosotros aquella filosofía belicista nos condujo casi a la catástrofe. Ello nos llevo a reflexionar muy seriamente sobre nuestro futuro, por lo que partimos de nuevo desde cero. Y los resultados ya los puede usted imaginar: Las nuevas tecnologías al servicio de la paz, nos han permitido viajar a través de toda la galaxia en busca de nuevas formas de vida, y por lo tanto llegar hasta aquí.
No podía creer lo que estaba oyendo. Mientras hablaba podía sentir la calida brisa de su aliento en mi oreja, como una casi imperceptible caricia.
-Está usted hablando en serio, ¿verdad? -le dije
-Sí -me dijo. Y la creí.
-Es asombroso -murmuré pensativo moviendo la cabeza de un lado al otro.
-¿Le importaría dejarme la toalla? ¡Estoy empapada!
Salí de mi estupor como si alguien hubiera accionado de repente un invisible resorte.
Y por primera vez la vi sonreír. Le acerqué la toalla que colgaba inerte en mis manos desde hacía un buen rato. La chica se quitó el abrigo y empezó a secarse su larga cabellera... y siguió quitándose toda la ropa como si yo no existiera. Enrojecí violentamente.
-Pero todavía no me ha dicho qué es lo que hace en este tren -le pregunté, dándole la espalda y encendiendo un cigarrillo con mano temblorosa.
-Bueno, para empezar me llamo Nayeli, Nayeli Wild, soy estudiante de biología y formo parte de un grupo en prácticas. Mi padre es un prestigioso antropólogo forense. Hace ya dos años y medio que estamos viviendo aquí y nos hemos adaptado muy bien a este lugar.
Nayeli Wild... curioso nombre para una chica tan dulce -pensé
-Pues bién, mi padre y los demás miembros de la expedición, están colaborando estrechamente con su gobierno en el más extricto secreto. Hemos estado viviendo durante todo este tiempo en una base militar.
-Y tú te has escapado de esa base ¿no?
-Sí, nuestra misión aquí está finalizando, debemos regresar a casa y...
Sus ojos verdes, húmedos de emoción, brillaban como esmeraldas.
-Y no quieres irte - le dije
Ella asintió con una sonrisa, y una lágrima se precipitó por su cara, veloz y brillante, como las estrellas fugaces que ella tan bien debía conocer. A pesar de todo se había acostumbrado a este cálido y entrañable ambiente tan radicalmente opuesto a la perfecta y por tanto fría sociedad de la que provenía. Aquí encontró un paraíso de imperfecciones, pero al fin y al cabo un paraíso.
-Le parecerá una locura, pero estoy decidida a quedarme aquí.
-No seré yo quien te lo impida. -le dije- y de paso si quieres puedes tutearme.
Nayeli sonrió feliz, enrollada en la toalla. Su ropa colgaba por todas partes.
Te despertaré al amanecer -le aseguré
Así pues, Nayeli se desprendió de su toalla sin ningún pudor y se introdujo tranquilamente en la litera inferior. Yo ascendí rápidamente a la superior tratando de que no se notara demasiado mi evidente turbación. Le dí las buenas noches y apagué la luz. Su ropa interior colgada a mis pies fue lo último que ví antes de caer profundamente dormido.
Los pálidos rayos del amanecer invernal se filtraban por la ventana y me daban de lleno en la cara. Bostecé, me estiré y me dispuse a despertar a la chica. La litera estaba vacía, intacta, Nayeli no estaba. La ropa no estaba. Primero pensé que se había ido sin despertarme, pero era absurdo, me necesitaba para sus propósitos. Despúes pensé en un secuestro, algo bastante improbable. Me quedé lívido, un miedo atroz se apoderó de mí, una idea obsesiva se abrió en mi mente: un sueño.
Pero ¡cómo! ¡cómo es posible un sueño tan real! Bajé de la litera y busqué la toalla.
Pero ésta apareció perfectamente seca y doblada en una de mis maletas.
Quizás después de todo no había sido más que un sueño, un sueño increíblemente real. Quizás no ha existido jamás una chica llamada Nayeli Wild excepto en mi imaginación, pero lo cierto es que real o no, ha conseguido llenar un vacío en aquél lugar de mi mente destinado a los recuerdos más bellos. Nayeli y su pequeño planeta llamado Tierra.
Jordi Ferrer
